
EL CRIMEN DE LA CARMELA (1962)
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En las aguas del río Duero aparecieron los miembros descuartizados de «La Carmela», víctima de un homicidio incomprensible
Cuando alzó la vista y vio aquel brazo flotando rió abajo, no dio crédito a sus ojos a orillas del Duero, en pleno mes de julio y con un calor sofocante, el ocioso pescador apenas pudo articular palabra. Aquel miembro acartonado era el primer vestigio del más horrendo e incomprensible crimen acontecido en la villa de Tudela de Duero. Ocurrió en 1962. La España profunda degustaba las criminales sagas que colmaban El caso pero Valladolid, ciudad tranquila, parecía a salvo de tamaña depravación. Hasta el día en que desapareció «La Carmela». Así conocían todos a Euxiquia, una mujer de 45 años que por entonces, en aquel verano maldito, prestaba servicios domésticos en la casa de Teodoro, vecino de Tudela de Duero. Teodoro era viudo y tenía mal humor. Vestía de negro, con boina, la tez demacrada por el trabajo y el alma en cuarentena de soledad. Teodoro el solitario hablaba poco, muy poco. estaba solo y apenas tenía amigos. Euxiquia limpiaba la casa, le hacía compañía, la única presencia amiga a sus 64 años. Hasta aquel día en que desapareció de súbito y nadie supo más de ella. El tiempo pasaba, el hombre callaba y el pueblo se alarmó. Teodoro seguía en la casa, hacía vida normal, como si no hubiese pasado absolutamente nada. ¿Nada?. No pensaban lo mismo aquellos agentes de la guardia Civil a los que una denuncia condujo hasta el pueblo. Eran cuatro de la tarde. Llamaron la puerta pero nadie contestó. Insistieron, esperaron y desistieron. Fueron al casino pero ninguno de los presentes pudo darles noticias de Teodoro se fueron. Minutos, mas tarde alguien abrió con sigilo la puerta de la casa y allí mismo, desconfiado y desafiante salió él agazapado,«¿Quiénes eran?», preguntó a su vecino. «La Guardia Civil», le contestó. No mediaron más palabras, Teodoro cerró con un portazo seco y desapareció. En el pueblo no se volvió a saber nada de él ni por supuesto, de la Carmela, a los dos se los había tragado la tierra. De repente, el rió Duero, triste espectador y depositario del secreto, decidió escupir lo que guardaba. Las aguas hablaron en forma de testimonios macabros, despojos flotantes de lo acontecido en Tudela. El segundo brazo flotador apareció el 25 de julio, en el mismo termino de la localidad. Y al día siguiente dos piernas y un muslo asomaron por entre los matojos de las inmediaciones del «Boquerón» Era la Carmela o, mejor dicho, lo que quedaba de ella. Valladolid entera se sumió en el terror. Teodoro escondido, Euxiquia desmembrada y la policía desesperada. No había el menor atisbo de duda: el viudo se revelaba como el principal sospechoso y todos a una salieron en su búsqueda. Una vecina, visiblemente airada y compungida, confesó haberle prestado pico y pala para, según el propio testimonio del homicida, «plantar unos tomates en el patio de su casa». Por si fuera poco, a uno de los miembros cercenados de la víctima apareció sujeto un ladrillo que, tras diversas indagaciones, se supo que había sido vendido solamente en Tudela de Duero y en dos localidades vecinas. Las piezas encajaban a la perfección. De manera que nadie descansó en el pueblo ni tampoco en la ciudad. Teodoro se había convertido ya en la pieza más preciada de aquellos vallisoletanos desairados, de aquellos afanosos buscadores de la justicia y -sobre todo- de la verdad. El 1 de agosto, en una de las rondas habituales que la policía llevaba a cabo en la capital, Teodoro cayó. El reloj daba las cuatro de la tarde cuando el puesto policial de la calle San José creyó atisbar a un personaje sospechoso. Era un hombre mayor, vestía de negro, llevaba boina y estaba tranquilamente sentado, contemplando las obras. Los agentes le preguntan su identidad, le llaman por su nombre y él niega ser quien es. Pero insisten y Teodoro se rinde. Una vez en las dependencias policiales, el hombre lo soltó todo, aseguraba no recordar la fecha cogió tranquilamente el hacha, ala hora de la siesta, y la asestó un golpe seco que acabó con su vida al instante. Ni un solo grito se oyó. Tampoco se acordaba Teodoro del día y la hora en que se acercó hasta la cocina, agarró dos cuchillos y un hacha de cortar leña y comenzó a trocear a Euxiquia; primero los brazos, que envolvió en una arpillera, metió en un saco de yeso y arrojó al río tras haber atravesado todo el pueblo; 24 horas después las piernas y el muslo y, al día siguiente, la cabeza. No recordaba Teodoro la fecha exacta pero sí el momento en que agarró el resto del cuerpo, escondido durante una semana entre la paja, y decidió enterrarlo: «Tenía mucho trabajo en la báscula y no tenía tiempo de ocuparme de esto», confesó tranquilo y sincero.
Enrique Berzal de la Rosa Diario de Valladolid El Mundo
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